Evaluación y Madurez del alumnado PDF Imprimir Correo
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Escrito por mivalls   
Martes, 23 de Marzo de 2010 23:13

clase magistralPienso que con diferencia, lo más difícil de mi labor como docente es la evaluación de los alumnos. Y digo evaluación no calificación porque son dos procesos relacionados, y a veces consecutivos, pero diferentes en esencia.

Creo en la evaluación como un proceso global y continuo que tiene por objetivo proporcionar información sobre cómo, cuándo y en qué cantidad y dirección aprenden mis alumnos. Creo en una evaluación que me ayuda a mejorar mis clases, que me ayuda a alinear mis objetivos con los de mis alumnos.

Ya lo dijo Heisenberg en su principio de incertidumbre: La medición condiciona la situación de lo medido. Soy consciente de que la forma en que evaluamos condiciona la forma en la que los alumnos aprenden. Por eso, desde hace algún tiempo, suelo poner en marcha una técnica que en general me ha dado buenos resultados, les pido a los alumnos a principios de curso que piensen cómo les gustaría que les evaluasen y que elaboren cuál sería su sistema de evaluación ideal.

En algún curso en el que he tenido pocos alumnos (hasta 20), he negociado individualmente en tutorías con cada uno de ellos cuál iba a ser su sistema de evaluación, que elementos contendría y qué criterios usaríamos para cuantificar esos elementos. Cuando hay muchos alumnos matriculados, este proceso no es viable por lo que consensuamos en clase (su trabajo cuesta esto del consenso y no la mera votación) un sistema común para todos.

Lo que más me gusta de esto es que empoderas (que palabro más feo) al alumno. Le das el poder de decidir donde tradicionalmente todo venía impuesto. Le das una responsabilidad que ha de ejercer y que apareja una serie de obligaciones. El alumno es el responsable de mostrar cuánto, cómo y cuándo ha desarrollado las competencias que dice que ha desarrollado. En este proceso me parece imprescindible el papel del portafolio del alumno.

Sin embargo esta metodología tiene sus limitaciones. Por ejemplo, año tras año los alumnos se empeñan en incluir la asistencia como variable que justifica el esfuerzo por la asignatura. No lo digo yo, lo dicen (y a veces casi imponen) los alumnos. Yo me resisto como gato panza arriba, pero bueno, este año en aras al consenso al final cedí y aceptamos pulpo como animal de compañía. Ahora me veo en la tediosa obligación de pasar una hoja de firmas para controlar la asistencia todos los días.

alumnos saliendo de claseMis clases no suelen estar basadas en lecciones magistrales ni mucho menos, sin embargo, si que incluyo alguna de vez en cuando (al principio y al final de los bloques) para introducir y recapitular. Mi sorpresa fue mayúscula cuando en mitad de la clase, me di la vuelta para hacer un dibujo en la pizarra y escuché un ruido que me recordó al documental del National Geographic en el que los ñus cruzan el Serengeti. Al darme la vuelta al menos 15 almas corrían presurosas a la puerta una vez firmada la hoja de asistencia, mientras que otras tres se quedaban con la cara blanca, la carpeta en la mano y a medio levantar de la silla. Mi reacción en ese momento fue obvia, dije: “Voy a dibujar un poco más en la pizarra para que los que se quieran ir puedan hacerlo sin pasar por el trance de mirarme a la cara mientras lo hacen”. No sé si me dolió más los quince que se fueron los primeros o los 5 que se fueron después, pero he de reconocer que el suceso me pilló del todo desprevenido.

A mí, que me vanaglorio de adaptar la evaluación a las necesidades del alumnado. A mí, que realizo evaluaciones cada dos por tres por si podemos mejorar en algo la clase. A mí que me jacto de usar cortes de películas como ejemplos y de dinamizar las clases con juegos dinámicas y debates… Menudo baño de humildad.

No me considero iluso, se que los alumnos tienen parte de responsabilidad y pienso exigírsela. En otras circunstancias me da igual que la gente entre y salga de clase libremente siempre y cuando no molesten, pero lo del otro día... Si nos damos unas normas para regirnos, debemos respetarlas. Si no quieres ir a clase no vayas, y asume las consecuencias. Pero si vas a clase asume que lo haces por algo más que para firmar en una hoja. ¿O esto no es así?

Pensándolo después y tras leer un post de Enrique Serrano sobre las diferencias culturales entre España y Finlandia se me vino a la cabeza la imagen de una paisana que me encontré en el Ikea hace poco junto al dispensador de lápices. Mientras cogía un puñado con una mano me ofrecía otro a mi diciendo: “llévaselos a tu hijo, ¡si son gratis!

Tal vez sea una cuestión cultural, el oportunismo de ciertos alumnos o que el sistema de evaluación no estaba bien diseñado (o seguramente una mezcla de todo). Pero no puedo dejar de sentir cierta desazón cuando pienso en que todo el esfuerzo que hago no tiene sus frutos.

¿Me estaré olvidando de lo más importante del proceso? ¿Salen los alumnos ganando o perdiendo en este proceso? ¿Tal vez esto no consiga alinear objetivos? ¿Es menos malo que otras alternativas? ¿Cómo lo puedo mejorar?. Seguiremos investigando.

 

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